martes, 12 de julio de 2016

3, 2, 1... Urbanismo participativo

El pasado 20 de junio presentamos SOLAR en el barrio de La Soledad, junto con el Ayuntamiento de Palma. Vecinos y curiosos conocieron el proyecto y nos contaron qué les gustaría mejorar de su barriada. Los niños, especialmente (¿Qué es lo que nos hace tan participativos cuando somos pequeños? ¿Por qué razón dejamos de serlo cuando pasamos del metro y medio de altura? ¿Por qué no aprovechamos mucho más las fantásticas ideas de los más menudos?...) vertieron toda su imaginación en los post-it de colores para contarnos que les faltan árboles, y asientos, y fuentes y, sobre todo sobre todo, lugares donde jugar a la pelota.


Porque curiosamente, en la plaza de La Soledad no se puede jugar a la pelota. El cartel de prohibición y los reproches (y amenazas) de los vecinos (adultos), lo dejan bien claro. Y ellos, los pequeños, se acercan a preguntar qué estamos haciendo, qué es tan importante para que nos creamos con derecho de echarles del espacio público, demonizando algo tan maravilloso como es jugar en la calle


Nosotros les contamos que proyectaremos un vídeo, que presentaremos un proyecto, que vendrá la prensa y que, para compensar tal pseudo-expropiación de la plaza, los invitaremos a helado de chocolate. Nos miran incrédulos. Y les devolvemos la mirada, contrariados. Y en el mismo momento entendemos (ya lo entendíamos, pero lo sentimos con fuerza) que no nos podemos equivocar. Que necesitaremos más oídos que manos, que deberemos dejar nuestra prepotencia de adultos, y de técnicos, y de políticos, y de medios de comunicación para ESCUCHAR-LOS y saber entender lo que realmente desean. Para que, aunque sea poco a poco, dejemos de pensar que somos mejores que una pelota de fútbol.


domingo, 21 de febrero de 2016

La tontería del campo de fútbol

Uno de los ejercicios que pedimos a nuestros alumnos del curso de formación a profesorado consiste en desarrollar un brainstorming con sus propios estudiantes, preguntándoles qué harían para mejorar su colegio. Hace un par de semanas, analizamos los resultados de esta experiencia. La mayoría de maestros, especialmente los de cursos más iniciales, traían consigo un listado censurado, en el que habían separado las "buenas ideas" de las "tonterías". Las primeras, clasificadas como lógicas o viables, comprendían actuaciones como la instalación de fuentes, bancos o murales que alegrasen el patio. Ideas (y alumnos, por extensión) que habían sido valoradas en positivo por un criterio adulto, y por tanto correcto y razonado... O puede que por una suma de prejuicios, estereotipos y falta de imaginación que lamentablemente nos atrapa al alcanzar la madurez. Por eso, tras un ejercicio conjunto de humildad, decidimos centrarnos en la segunda lista, darles una oportunidad a los alumnos "que dicen tonterías" para uno, ponernos a prueba y dos, demostrar que no son ellos los tontos sino nosotros los faltos de creatividad. Y así lo dejamos, con el reto de construir un campo de fútbol en la entrada del colegio.

La semana siguiente nos esperaba esta sorpresa:




Una reinterpretación del campo de fútbol convencional convertido en un juego "de mesa" donde alumnos y profesores, a partir de cartas de preguntas, avanzan por el tablero pasando el balón, chutando a puerta y cometiendo faltas y penaltis. Mucho más, pues, que un campo de fútbol: una demostración de que cualquier idea considerada absurda puede transformarse en un proyecto conjunto y transversal (porque medimos el hall, porque pensamos las preguntas -y las respondemos-, porque trabajamos en equipo...); una lección para nosotros, que nos aventuramos a juzgar, desde nuestra mente estereotipada, las magníficas ideas de los más pequeños; una inyección para ellos, que ven valoradas y materializadas sus propuestas de mejora... En definitiva, un motivo más para seguir trabajando en la mejora de las metodologías y los espacios educativos.

Gran ovación para el claustro de profesores del Colegio Balmes, un equipo lleno de energía, imaginación y ganas de cambiar las cosas.

viernes, 22 de enero de 2016

#MiCasaEsTuCasa

Hace unos meses, y con motivo de la publicación de Edu y la mejor casa del mundo, lanzamos una acción que pretendía llenar el mundo de casas, no de esas que ocupan demasiado territorio, sino de las que sirven para reunir a los que más queremos en un espacio confortable y lleno de cariño. 

Os dimos las herramientas y os propusimos que os lanzaseis a construir, utilizando toda vuestra imaginación para diseñar la que era, para vosotros, la mejor casa del mundo.
Dos meses después, hemos recibido casas de diferentes rincones del mundo: casas en ventanas, casas sobre pupitres, casas con fondos de montañas de tiza. Casas en parques, en las ramas de un árbol, junto a extintores y en pesebres de Belén. Todas ellas, dedicadas a personas que querríamos tener cerca.

Y hoy, por fin, las juntamos todas para celebrar el sorteo que prometimos. El premiado (un poco de paciencia) recibirá un ejemplar de Edu y la mejor casa del mundo, con el que podrá seguir construyendo, y leyendo, y sumergiéndose en el mundo de la arquitectura, como tanto nos gusta hacer a nosotros.



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lunes, 4 de enero de 2016

Jornadas sobre Estrategia del Modelo de Ciudad. Palma, diciembre 2015

El pasado mes de diciembre, fuimos invitados a participar en las Jornadas sobre Estrategia y Modelo de Ciudad, organizadas por el Ayuntamiento de Palma y el COAIB.

A la espera de que se publique el contenido íntegro de las Jornadas, transcribimos aquí nuestra ponencia en la mesa redonda sobre Estrategia Social.


PRIORIDADES PARA LAS POLÍTICAS URBANAS DE PALMA

Tras tres interesantes jornadas sobre la estrategias económicas, medioambientales y sociales a tener en cuenta en el diseño del nuevo modelo de ciudad, querría plantear una pregunta:


¿PARA QUIÉN SE DISEÑAN, REALMENTE, LAS CIUDADES?


Hasta día de hoy, la tendencia es pensarlas para el “ciudadano tipo”, un hombre adulto, de mediana edad, sano y con derecho a sufragio. Este rango excluye a un gran número de colectivos, entre ellos, la infancia. La sociedad ve (y trata) a los niños como “futuros ciudadanos”, como elemento que “hace gracia” y que añade una variante “tierna” a todo lo relacionado con la ciudad, su diseño y su evolución. Nos referimos a los niños como los “ciudadanos del futuro” (esta misma mañana, la Regidora de Juventud hablaba de los jóvenes como “el futuro de nuestras ciudades”).


Pero, ¿por qué es necesario abandonar este estereotipo? ¿Por qué deberíamos dar a la infancia la importancia que realmente tiene en el desarrollo del territorio y empezar a construir con y para ellos? ¿Por qué no comenzamos a considerarlos como los ciudadanos que actualmente son y dejamos de negarles el derecho al presente?  La respuesta es sencilla: una ciudad adaptada a los niños es una ciudad adaptada a todos. Los niños son peatones “puros” ya que, de forma autónoma, solo pueden desplazarse caminando o en bicicleta. Son quienes explotan todas las posibilidades del espacio público, los que piensan la ciudad de manera más lógica, con menos ideas preconcebidas o estereotipadas.


Y es que además, ¡tenerles en cuenta es un deber! En 1989, las Naciones Unidas aprueban la Convención de los Derechos de los Niños, un acuerdo internacional que iguala sus derechos a los de los adultos que será de obligado cumplimiento para todos los países que la ratifiquen. En 1990, tras ser firmada por 20 países, entre ellos España, la CDN se convierte en Ley y es aceptada por todos los países del mundo, a excepción de Estados Unidos.

En su artículo 12, la CDN “garantiza al niño el derecho a expresar su opinión libremente en todos los asuntos que le afecten, debiendo tenerse propiamente en cuenta sus opiniones”. Por lo tanto, ateniéndonos a este artículo, ¡estamos incumpliendo la ley sistemáticamente!


Si buscamos la etimología de la palabra “infancia”, la RAE nos remite al latín infans, cuyo significado es “el que no habla” (infantia es la “incapacidad de hablar o expresarse de manera inteligible para los demás”). Nos encontramos pues frente a una contradicción: por un lado, los niños quedan definidos como aquellos que no hablan, por otro, debemos darles legalmente la oportunidad de expresar su opinión y, por otro, defendemos que son quienes tienen los conocimientos más “puros” sobre el entrono, ya que sus ideas no excluyen a nadie (ellos no conciben una ciudad sin abuelos, sin animales, sin amigos de cualquier condición, cultura o procedencia... ¡Los adultos sí lo hacemos!).


¿Y POR DÓNDE SE EMPIEZA A FACILITAR ESTE DERECHO?


Uno de los retos de las ciudades actuales es garantizar la autonomía de los niños. Esto nos traslada directamente al espacio público. Hasta ahora, el espacio público se ha diseñado para aquel ciudadano tipo al que me refería al inicio de la ponencia. Encontramos un claro ejemplo en los parques infantiles: Si le preguntamos a un niño qué zona de juegos quiere, pedirá un lugar donde esconderse, donde ensuciarse, donde poder trepar y enfrentarse a ciertos riesgos y peligros, tan necesarios para su desarrollo personal. Sin embargo, los parques de nuestras ciudades son recintos planos, vallados, con suelos blanditos y atracciones homologadas, iguales a las de todos los demás parques de todas las demás ciudades... Y claramente diseñadas para la tranquilidad de los adultos. Pienso que ese no es el camino. Necesitamos una ciudad que DEJE jugar a los niños, no que les ACOMPAÑE a ello. Que les ofrezca espacios de libertad y no de control (que es lo que buscan los adultos y que, curiosamente, resulta ser lo contrario a la libertad). Que genere un diálogo espontáneo y la posibilidad de compartir espacios de relación. Porque el proteccionismo solo da lugar al miedo y a la dependencia y paradójicamente,  la ciudad actual nos lleva a proteger a los niños de nosotros mismos, de nuestras máquinas (los adultos nos movemos en coche, los coches son peligrosos para los niños, diseñamos espacios infantiles cerrados para protegerlos del peligro que entrañan los coches que nosotros mismos conducimos... Una espiral bastante absurda).

Surge aquí otro de los conceptos para mí erróneos en la concepción de las ciudades: los “espacios infantiles” como zonas diferenciadas del resto de los espacios urbanos. Lugares especializados equiparables a las residencias de ancianos, a los jardines de infancia o a los casals de jóvenes. Si nos preguntamos cuáles eran nuestros “espacios infantiles”, evocaremos, por ejemplo, los solares vacíos. Espacios que nos permitían hacernos preguntas, decidir e inventar nuestros propios juegos. Por tanto, en vez preguntar tanto al ciudadano con procesos participativos y canales de opinión, quizás deberíamos dejar que fuese el ciudadano quien se hiciese preguntas, dándole el espacio necesario para que esto suceda (a nivel físico e intelectual).

En el año 2004, se firmó en Génova la Carta de Ciudades Educadoras, cuyo preámbulo reza:


“Hoy más que nunca la ciudad, grande o pequeña, dispone de incontables posibilidades educadoras, pero también pueden incidir en ella fuerzas e inercias deseducadoras. De una forma u otra, la ciudad presenta elementos importantes para una formación integral: es un sistema complejo y a la vez un agente educativo permanente, plural y poliédrico, capaz de contrarrestar los factores deseducativos. La ordenación del espacio físico urbano atenderá las necesidades de accesibilidad, encuentro, relación, juego y esparcimiento y un mayor acercamiento a la naturaleza.”


En 1998, Palma entra a formar parte de la red estatal de Ciudades Educadoras. Paradójicamente, quien firma el acuerdo es el mismo gobierno que en 2012 aprueba el borrador de la Ordenanza de Ocupación de la Vía Pública, cuyo artículo 86.14 prohíbe literalmente los juegos en la calle. Volvemos así al espacio público como pieza clave para el desarrollo físico e intelectual del ciudadano, a su democratización como pilar básico de la evolución urbana. Decíamos que la ciudad se diseña para aquel ciudadano tipo, pero también (y sobre todo) para sus artefactos de cuatro ruedas. Se diseña siguiendo una pirámide de movilidad que prioriza el coche frente al transporte público, la bicicleta y el peatón, en este orden. El primer paso hacia la democratización del espacio urbano es invertir esta pirámide. Y no hace falta ir muy lejos para encontrar casos de éxito en este sistema de organización. Pontevedra es un ejemplo de ello. Tras una transformación centrada en adaptar la ciudad al ciudadano, más de las dos terceras partes de los desplazamientos urbanos se realizan a pie o en bicicleta,  han desaparecido las barreras físicas para silas de ruedas y cochecitos de bebé, toda la ciudad tiene una velocidad máxima de 30 km/h, los residuos y los ruidos se han reducido en un 70%, los niños van solos al colegio y la peligrosidad del tráfico ha decrecido drásticamente. Todo ello, con medidas tan “humanas” como limitar el ancho mínimo de las aceras al espacio que ocupan dos personas caminando juntas con un paraguas abierto.


Y si la transformación física y social de las ciudades comienza en el espacio público, es impensable desvincularla de la educación, de un esfuerzo pedagógico ligado a cualquier iniciativa urbanística. Porque no podemos pretender una participación efectiva si antes no hemos enseñado a la gente a participar (a poder ser, desde la infancia).


PORQUE, ¿QUÉ APORTA LA EDUCACIÓN EN TEMAS URBANOS?
  • Un conocimiento activo de la realidad.
  • Una visión crítica frente al entorno.
  • Conciencia ciudadana
  • El sentimiento comunitario y de pertenencia que lleva a considerar el espacio público como lugar conjunto, y no como negativo de la ciudad.
  • Valores de respeto y vigilancia común (los “ojos de la calle” hacia los que apuntan numerosas teorías sobre seguridad ciudadana).
El viernes pasado, el biólogo y ambientalista Toni Martínez hablaba de los niños como “régimen pluviométrico”, ya que solo ellos son capaces (o lo eran...) de recordar cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que jugaron en los charcos. Resulta, sin embargo, que los niños son indicadores de muchos otros aspectos. Como defiende Francesco Tonucci, la presencia de niños en la calle es un indicador clave de la salubridad de una urbe. Y lo que determinará esta presencia, lo que establecerá las relaciones ciudadanas (en tipo y mesura) es la configuración del espacio público. Un espacio donde el coche desaparezca en gran medida (o totalmente), en el que se fomente la creatividad y la participación con entornos flexibles y lugares para la imaginación, que permita y refuerce la autonomía de los ciudadanos en general, sea cual sea su condición.

CONCLUSIONES

Debemos, pues, de dejar de pensar en los niños como “futuros ciudadanos” y empezar a aprovechar su enorme potencial en el desarrollo urbano. Diseñar la ciudad con y para ellos supone adaptar la ciudad a todos, dotarla de espacios públicos amables, seguros y agradables, sin ruidos ni polución, con áreas abiertas, vegetación y lugar para las actividades personales. Porque como dice Tonucci, “aprendiendo a escuchar a los niños se lleva a cabo una buena gimnasia de la democracia”.


LAS CIEN LENGUAS DEL NIÑO (Loris Malaguzzi, padre de las escuelas Reggio Emilia)

El niño está hecho de cien.

El niño posee cien lenguas
cien manos, cien pensamientos
cien formas de pensar, de jugar y de hablar.


Cien siempre cien,
maneras de escuchar,
de sorprender y de amar,
cien alegrías para cantar y entender
cien mundos para descubrir
cien mundos para inventar
cien mundos para soñar.

El niño tiene cien lenguajes
(y más de cien, cien, cien)
pero le roban noventa y nueve.

La escuela y la cultura
le separan la cabeza del cuerpo.

Le dicen que piense sin manos
que haga sin cabeza
que escuche y que no hable
que entienda sin alegrías
que ame y se maraville
sólo en Semana Santa y en Navidad.

Le dice:
que descubra el mundo que ya existe
y de cien le roban noventa y nueve.

Le dicen
que el juego y el trabajo,
la realidad y la fantasía,
la ciencia y la imaginación,
el cielo y la tierra,
la razón y el sueño,
son cosas que no están juntas.

De hecho le dicen
que el cien no existe.